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LEO

November 10, 2016

 

La primera vez que cruzó con un coyote a Estados Unidos lo deportaron a las pocas semanas de llegar.  La segunda vez volvió a cruzar con el mismo coyote, que solo le cobró solo la mitad porque se sentía como en deuda con él.  Ahí si se pudo quedar más de un año trabajando en una granja de pollos y mandando dinero a la familia todos los meses.  Con ese dinero terminaron de construir la casa en su aldea de y su mujer pudo montar una tiendita, aunque después la tuviera que cerrar.  Fueron buenos tiempos. El problema fue que un día se aparecieron los de la “migra” y le pusieron fin a su sueño americano.  Esta vez si las cosas se le pusieron de color hormiga y pasó los peores seis meses de su vida en una prisión estatal.  Al final volvieron a deportarlo, esta vez con la advertencia de que si vuelve a cruzar y le cogen le esperan unos cuantos años de prisión.

 

Con el sueño americano hecho añicos le tocó a Leo volver a casa y comenzar de nuevo.  Ahora ya no piensa en cruzar, y les tiene prometido a su mujer y a su mamá que ya si no lo va a volver a intentar. Cultiva su tierra, se ha hecho Ministro ayudante de su Iglesia y se saca unos quetzales de vender flores.  Pero con eso no llega, y ha decidido intentar ganarse la vida con sus volcanes, que al final son suyos y no de esos gringos de las agencias que vienen a robarles el trabajo y que no entienden nada.  Con algunos chavos de la misma zona se están tratando de organizar y han creado la “Asociación de Amigos de los Volcanes” y ya han tenido reuniones y capacitaciones con los del Ministerio…aunque aún está por ver para qué van a dar.  Ahora su máximo objetivo es conseguir unas chumpas bien calientes con el escudo de la Asociación para que se vea que la cosa va de verdad.

 

Con Leo subimos al volcán Acatenango, a punta de su paciencia infinita y de las tortillas y huevos duros que nos hizo su mujer, a dormir muertos de frío en la cima.  Nunca me habían sentado tan bien el fuego o el vino de Tetrabrik.  Y sin embargo lo mejor de esa noche fueron sus historias… y el poder verle el alma de hombre curtido por la dureza de una vida que casi prefiero no imaginar, pero aún inocente, dispuesto a servir a su comunidad y preparado para cualquier sacrificio con tal de sacar adelante a su familia.  Y es que para él lo más importante es que sus hijos puedan tener una educación, para que vayan a más, aunque en el fondo no sabe si decirle ya a la mayor que es muy difícil que le pueda cumplir su sueño de ir a la Universidad.    Con Leo recordé por qué hago lo que hago y cuán privilegiada soy por haber tenido las oportunidades que la vida me ha dado... y también se me hizo aún más presente la responsabilidad ineludible que tenemos los que hemos nacido en países donde había y aún hay oportunidades y que pertenecemos al 10% de la población del mundo que ostenta el 90% de su riqueza (la material, porque del resto de las “riquezas” habría mucho que hablar) de no mirar hacia otro lado.  

 

 

 

 

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